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LOS VOLCANES
 



 

No habrán muchas más posibilidades de alcanzar los 2000 metros de altitud y bajar después hasta el nivel del mar y tocar sus aguas con la mano en un mismo recorrido. Esta extraordinaria singularidad se realza aún más caminando entre volcanes y cráteres. Una delicia para el caminante.

Empezamos además a 1450 m, en el llamado Refugio del Pilar (no hay refugio alguno allí, maravillosa contradicción) por lo que el desnivel de ascenso es tolerable. Cuidado, en la bajada, ya que las rótulas pueden convertirse en dos maracas. Recomiendo fehacientemente, sobre todo a nuestra edad, dos bastones de trekking para realizar un descenso sin problemas, aunque la arena volcánica es muy abundante y amortigua bastante el paso durante la bajada.

Se llega desde este refugio a la cumbre nueva. Desde allí puede contemplarse al norte, en todo su esplendor, la cresta de la Caldera de Taburiente y, con suerte, la entrada del mar de nubes. Pudimos ver cómo la espina descarnada de los roques se convertía en un mar de algodón en sólo dos minutos. Sorprende el recorrido por volcanes tan jóvenes, con registros históricos, no geológicos, de sus erupciones y nombres sugerentes: Birigoyo, Nambroque, Hoyo Negro, Duraznero, Las Deseadas, Teneguía. Algunos de los más recientes reventaron en 1949 y en fecha tan reciente como 1978 (el Teneguía). El camino se torna espeluznante y retumban en la mente los sonidos de pasadas erupciones, fantasías de fuego, movimientos terrenales y caminos incandescentes. Siempre descendiendo de forma sostenida, por sendas brunas, se atraviesa el Volcán San Martín, con un bello contraste por su color rojizo, contra el negro del resto del camino. Más allá, desde una perspectiva más baja puede verse la grieta y la colada de este volcán barroco abriéndose paso, finalmente detenido en una pequeña llanura. Es un milagro ver las primeras plantas creciendo sobre esta colada, contemplar la invasión de la vida sobre la muerte, 400 años después del feroz estallido.


 



 

El final del recorrido, tras pasar por el pueblo de Fuencaliente, nos conduce por un vulcanismo reciente, árido, estremecedor, en el que el Teneguía recuerda el nacimiento y formación de cada una de estas islas de la macaronesia. Las lavas llegaron hasta el mar, junto al faro final de la ruta. Conmueve a muchos palmeros ver los dos brazos de la colada, uno hasta el mar y el otro detenido medio kilómetro antes, justo en el límite de una pequeña hornacina con una virgen. La creencia popular atribuye a un volcán fervoroso esta parada tan oportuna. No deja de ser emotivo ver la colada de lava justo en el techo de la pequeña hornacina, que quedó al descubierto y respetada.

Volvimos desde el faro en taxi, con el señor Armentares, tras 28 kilómetros de marcha a pie, recorriendo casi la mitad de la isla. El mismo nos había dejado a primera hora en el refugio del Pilar y se sorprendió con incredulidad llevando las manos a la cabeza cuando nos vio en el faro. Hacía gala de la prisa palmera (es decir ninguna), y de la pasión por su isla (es decir absoluta). Hablaba Armentares de La Palma como de un paraíso perdido, en el que todo había cambiado demasiado, hasta perder sus rasgos esenciales. El campo había cambiado y ya apenas quedaban agricultores para cultivarlo. Las generaciones jóvenes no atendían la heredad campesina por falta de rendimiento y recalaban en trabajos mejor remunerados y más acordes son los nuevos medios de producción. El mar había sido esquilmado (“colado”, decía él) por una pesca intensiva y descontrolada y apenas quedaban ya pescadores. El era uno de ellos (“yo no ando por la montaña, pero conozco mis orillas”), y aún conseguía llevar a casa algunos buenos pescados utilizando las técnicas de pesca que la experiencia había decantado. Recordaba cuando era niño, haber subido al volcán Birigoyo, a cuatro patas, para dejarse caer por la negra ladera de fina arena. Recordaba las algas de las orillas, ya exterminadas, y pesqueras magníficas sin esfuerzo. Escuchar su hablar cadencioso y sus ideas armónicas y románticas dejaba la mente tranquila, anclada a momentos infantiles en que todo era bello, era perfecto. La tierra y el mar eran lugares acogedores, habitables, placenteros. Quizá el edén sólo exista en la niñez, y su final represente el principio del quebranto de la belleza y de la merma de la naturaleza, como si el envejecimiento del cuerpo se acompañase del deterioro de su entorno. Quizá tras la niñez, simplemente, perdamos el paraíso.
(El señor Armentares es el propietario del taxi nº 1 de Breña Baja. Tfno. 616974585)